Lo urbano, lo popular y la cultura que nos mueve

La música va mucho más rápido que nosotros mismos, se genera a la velocidad del pensamiento y a penas logramos adaptar nuestras mentes y cuerpos a un ritmo o un baile, cuando ya es tendencia o es un clásico. En nuestro presente dominicana, es una realidad que la música denominada urbana es parte de la cultura popular contemporánea, su sonido, estética e ideología son influyentes y determinantes en muchas otras artes, como el cine, la literatura, el diseño, muralismo, moda, etc.

Como una energía que nace y se transforma con más fluidez que el orden material de su entorno, la música urbana ha traspasado a muchos de  los procesos sociales que le acompañaron en sus inicios; y así, la noción de lo popular se ha transformado también y lo que alguna vez fue resistencia hoy es adaptación… que no es lo mismo que aceptación, digamos.

Lo urbano, entendiéndose como una expresión musical y cultural contemporánea surgida en los barrios marginados de Santo Domingo y creada por jóvenes afrodominicanos  generalmente es un fenómeno sumamente popular, sobre todo desde este siglo. Saber apreciarlo como uno de los bienes culturales más trascendentales de la actualidad dominicana contemporánea parece cada día menos inoportuno, ya que con frecuencia nos sorprendemos de como la dinámica comercial de la cultura nos alecciona sobre nuestro ingenio local, y desde campañas publicitarias, premiaciones locales o concursos internacionales nos llegan los reflejos de eso que también somos y que desde dentro no se puede ver igual.

La música urbana ha sido un medio por donde se nos ha contado parte de nuestra vida moderna. Virtudes y defectos, subjetividades todas ¿Qué no se reconoce de lo urbano? O la pregunta más bien seria ¿Quiénes  no lo reconocen? Porque tanto desde su ámbito sociocultural barrial como en las generaciones más jóvenes esta cultura es simbólicamente relevante; entonces, estaríamos hablando de una validación sistémica, cuando ciertos poderes toman la cultura popular como económico, más no social.

Ciertamente, la música urbana es también un espejo en el que apenas logramos identificarnos con el reflejo, ignorancia, violencia, machismo, dolor… es  ese fondo sonoro colectivo, casi Jungiano con el cual cantamos, bailamos y ¿pensamos? Sin la censura de lo inconsciente tal vez podríamos entendernos mejor a través de ella y podríamos a la vez apreciar el poder de la voz de los oprimidos, la renovación de una industria cultural creativa, joven y barrial dominicana.

En la música confluyen ciertos valores intangibles como las emociones, el disfrute, la creatividad y la memoria, y cuando un fenómeno de popularidad musical sucede es cuando más esto se puede percibir; materialmente hablando se establecen cánones de sociales, tendencias comerciales, signos culturales que en determinados momentos históricos pueden ser incomprendidos, dado que desde la huella invisible del sonido se traspasan también ideas del poder, con lo cual se friccionan las identidades y las nociones de lo cultural y lo popular precisamente.

Por suerte, somos un país musicalmente diverso y creativo, y esto a veces rebosa de la isla y nos trasciende al caribe y al continente, a los continentes y a nosotros mismos.

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